La dama del bosque

Los brazos de Zok se alzaron hacia la luna plateada. Solo de ella, morada de los dioses del pueblo de las nieves, emanaba la salvación para los Hukis. Las estrellas fulminaron su triste esbozo de sonrisa. Una lágrima se arrojó al vacío de la noche perdiéndose en el tiempo. Había de partir del mundo para salvar la vida de la única persona que le proporcionaba un motivo para recorrerlo. Ashi, la doncella blanca de los bosques y guardiana del mundo vivo que en ellos habitaban, yacía inerte por obra de una fuerza desconocida. No había tiempo que perder. Contaban las historias antiguas relatos en los que la premura privó al oferente de su deseo.

Asió Zok la tea en llamas y se hizo cubrir de brea. Ascendió a la más alta roca de la colina sagrada y sobre los vientos que acariciaban el mundo juró sus votos realizando su plegaria. La espesura negra del bosque se llenó de pequeños destellos entre la maleza. También sobre los árboles, bajo las rocas y en lo profundo de los ríos. Desde los cielos, las águilas parecían asentir con su presencia. Había llegado la hora de morir. Una vida por otra, un trato justo a juicio de los hombres y los dioses.

— ¡Ashi asmak val shirima! —gritó Zok dejando caer la tea junto a sus pies—.

Un fulgor rojo ascendió por su cuerpo hasta envolverlo por completo. No se oyó un solo grito de dolor. Los seres del bosque comenzaron su barahúnda nocturna mientras las llamas consumían a su salvador. Alcanzaron las llamas los cuatro metros de altura, como intentando escapar del mundo. Un resplandor inundó la montaña, extinguiendo las llamas y dejando a la vista una pila de cenizas negras.

— Ya estoy aquí —dijo Zok, mirándola a los ojos—.

— No había otra manera, ¿verdad?

— Ni los dioses ni el tiempo, mi amada Ashi, hubieran conseguido hacerme esperar un día más.

Fue de este modo, movido por el amor, como Zok de los Hukis abandonó el mundo de los vivos para reencontrarse con su amada Ashi en las tierras de más allá del mundo. Fueron de esta forma los animales obligados a vivir en libertad y bajo custodia de sus instintos, otorgados por la Madre ausente. El destino del mundo salvaje había comenzado.

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